Gregor Samsa no soportó ver cómo, en un mercado de Shanghai, la gente comía escarabajos rebozados y fritos en aceite de soja. Tuvo que escapar corriendo hacia su hotel, donde no pudo reprimir el vómito. Eso ocurrió mucho antes de su transformación.

Ana Tapia

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  Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para servirlo:
Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.
¿Yo?
Me han dicho que usted puede.
Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era analfabeto:
Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo.
¿Y para quién es la carta?
Para… ella.
¿Y usted qué quiere decirle?
Si lo sé, no le pido.
Enrique se rascó la cabeza.
Esa noche, puso manos a la obra.
Al día siguiente, el albañil leyó la carta:
Eso ­dijo, y le brillaron los ojos­. Eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.

Eduardo Galeano

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El mundo está lleno de tipos así. Usa el pelo largo y canoso como un hippy viejo o un linyera. No tiene familia. Le faltan dientes. Si Jesús hubiera llegado soltero a los cincuenta, se parecería a él. De vez en cuando los muchachos le pagan un vino para escucharlo hablar en arameo. El problema es el barrio, la solidaridad de esquina. El día de Nochebuena se esconde para evitar que le festejen el cumpleaños en vez de crucificarlo decentemente, como a otros más afortunados.

Ana María Shua

Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

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  Pocos días después de haber adquirido una lujosa finca y cuando volvía a casa, Ernst Kazirra avistó a lo lejos a un hombre que, con una caja sobre los hombros, salía por una pequeña puerta de la cerca, y la cargaba en un camión. No le dio tiempo a alcanzarlo antes de que se marchara. Decidió seguirlo con el coche. El camión hizo un largo trayecto hasta lo más lejano de la periferia de la ciudad, deteniéndose al borde de un barranco. Kazirra salió del coche y se acercó a mirar. El desconocido descargó la caja del camión y, dando unos pocos pasos, la arrojó al barranco, que estaba lleno de miles y miles de otras cajas iguales. Se acercó al hombre y le preguntó:
–Te he visto sacar esa caja de mi finca. ¿Qué había dentro? ¿Y qué son todas esas otras cajas?
El hombre lo miró y sonrió:
–Todavía hay más en el camión, para tirar. ¿No lo sabes? Son los días.
–¿Qué días?
–Tus días.
–¿Mis días?
–Tus días perdidos. Los días que has perdido. Los esperabas, ¿verdad? Han venido. ¿Qué has hecho? Míralos, intactos, todavía enteros. ¿Y ahora…?
Kazirra miró. Formaban una pila inmensa. Bajó por la pendiente escarpada y abrió uno. Dentro había un paseo de otoño, y al fondo Graziella, su novia, que se alejaba de él para siempre. Y él ni siquiera la llamó.
Abrió un segundo. Había una habitación de hospital, y en la cama su hermano Giosuè, que estaba enfermo y le esperaba. Pero él estaba en viaje de negocios.
Abrió un tercero. En la verja de la antigua y mísera casa estaba Duk, el fiel mastín, que le esperó durante dos años, hasta quedar reducido a piel y huesos. Y él ni pensó en volver.
Sintió como si algo le oprimiera en la boca del estómago. El transportista se mantuvo erguido al borde del barranco, impasible, como un verdugo.
–¡Señor! –gritó Kazirra–. Escúcheme. Deje que me lleve al menos estos tres días. Se lo ruego. Al menos estos tres. Soy rico. Le daré todo lo que quiera.
El transportista hizo un gesto con la mano derecha, como señalando un punto inalcanzable, como diciendo que era demasiado tarde y que ya no había ningún remedio posible. Entonces se desvaneció en el aire y al instante también desapareció el gigantesco cúmulo de cajas misteriosas. Y la sombra de la noche descendía.

Dino Buzzati

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  Leía todas las oraciones de todas las biblias, de todos los libros sagrados, rezaba a todos los dioses y era zoólatra, idólatra, politeísta y monoteísta… Todo el día lo dedicaba a todos los cultos.
Y murió, y al entrar en el reino de las sombras se encontró con un Dios que no estaba citado en ninguna de sus teogonías, un Dios extraño y callado que le cogió y le amasó en la masa común, otra vez en el barro común.

Ramón Gómez de la Serna

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  En el vientre de la ballena, Jonás encuentra a un desconocido y le pregunta:
—Perdone usted, ¿por dónde está la salida?
—Eso depende… ¿A dónde va usted?
Jonás volvió a dudar entre las dos ciudades y no supo qué responder.
—Mucho me temo que ha tomado usted la ballena equivocada… Y sonriendo con dulzura, el desconocido se disipó blandamente hacia el abismo intestinal.
Vomitado poco después como un proyectil desde la costa, Jonás fue a estrellarse directamente contra los muros de Nínive. Pudo ser identificado porque entre sus papeles profetices llevaba un pasaporte en regla para dirigirse a Tartessos.

Juan José Arreola

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  Un cuento al día va a dejar de publicarse.
No puedo dedicarle toda la atención que me gustaría, y el esfuerzo que me supone, económico y de tiempo, empieza a ser desproporcionado con el número de suscriptores que abren los correos.
Así que el próximo 24 de julio, aprovechando que el número del cuento es primo*, haré el último envio.
Gracias a todos los autores que han soportado sin rechistar, e incluso han agradecido, que sus cuentos aparecieran aquí.
Gracias a todos aquellos que han tenido la gentileza de enviarme sus cuentos para publicar. Y a todas las páginas web, de las que he tomado prestados muchos relatos para mis envíos.
Y, por supuesto, gracias a todos los que habéis permitido que invadiera vuestros correos todas las mañanas.
La página seguirá disponible en la Web hasta mediados de agosto. A partir de esa fecha, y como parece bastante dificil que Google la compre, desaparecerá.
Un abrazo a todos, y hasta siempre.

Carlos G. Barba

*una excusa como otra cualquiera.

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  Al despertar Franz Kafka una mañana, tras un sueño intranquilo, se dirigió hacia el espejo y horrorizado pudo comprobar que:
.   a, seguía siendo Kafka.
.   b, no estaba convertido en un monstruoso insecto.
.   c, su figura era todavía humana.
Seleccione el final que más le agrade marcándolo con una equis.

René Avilés Fabila

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  Una mujer se enamora de un pez. Sabe que es un amor imposible y, peor todavía, pecaminoso, por lo que decide casarse con una persona respetable a la que oculta su pasión. Como todos los peces son iguales, empieza a llenar la casa de peces y peceras para olvidarse de su primer y único amor. Luego desesperada, trata de reconocerlo, sin éxito.

Juan Antonio Masoliver Ródenas

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  Distinguido señor Nobel:
Solicito humildemente que me sea concedido el premio que lleva su nombre.
Mis motivos son los siguientes:
Trabajo como contable en una oficina estatal y, en el ejercicio de mis funciones, he escrito unos cuantos libros, a saber: el Libro de entradas y salidas, el Libro de balances y el Libro mayor. Además, en colaboración con el almacenero, he escrito una novela fantástica titulada Inventario.
Creo que le gustarían porque son libros escritos con imaginación y tienen mucha gracia (son auténticas sátiras). Si deseara leerlos, podría prestárselos, aunque por poco tiempo, porque están muy solicitados. Quien tiene más interés es el inspector de Hacienda, ya puedo oír su voz en el despacho de al lado.
Hablando del inspector, preveo que tendré ciertos gastos porque me temo que los libros no van a ser de su agrado. Precisamente le escribo a usted esta carta para que el premio me permita sufragarlos. Por favor, mande el giro a mi domicilio. Dejaré una autorización a nombre de mi mujer, por si yo no estuviera ya en casa el día que venga el cartero. En tal caso, el dinero servirá para pagar al abogado o… Espere un momento, señor Nobel, acaba de entrar el inspector.
Ya se ha marchado. ¿Sabe qué le digo, señor Nobel? Mándeme mejor dos premios. No tiene usted idea de cómo se han disparado los precios.

Slawomir Mrozek

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